Martes, 1 de febrero de 1999…
Mamá corrió en búsqueda de la
cámara como si su vida dependiera de ella, apartando con brusquedad a una
pareja que pasaba cerca de la puerta. Si bien papá le había recomendado que la
llevara con ella, lo ignoró. Como siempre.
Me carcajeé fuertemente en cuanto
desapareció de mi vista. Ella se había esforzado todo el día por ser una
excelente anfitriona y no una mujer que vivía pensando en su trabajo, así que,
no se parecía en nada a mi verdadera mamá. La ejecutiva de traje negro o gris y
con el cabello bien atado, sino más bien
una ama de casa desesperada por un respiro.
Mi hermana mayor, Gemma, no
pareció encontrar la situación igual de graciosa que yo, por lo que me dio un
codazo en las costillas para que me callara. Lástima, porque eso no iba a
suceder. No en el día de mi cumpleaños, cuando tenía permitido cualquier cosa.
Llamé a uno de mis mejores
amigos, quien estaba comiendo todo lo que tenía frente a sus ojos, y dije: —Niall,
mi hermana dice que como sigas comiendo así en algún momento vas a…—Miré a los
lados, como si cuidaba de que no nos vieran y le hice una seña para que se
acercara más.
— ¿Qué? —Preguntó al ver que no
respondía.
—Ella solo dijo que… ¡Pum! —Hice
un gesto con mis manos y sonidos exagerados de explosión, divirtiéndome
mientras veía sus ojos azules abrirse más y más— ¡Que explotarías, hermano!
Tuve que aguantarme las ganas de
reír, cuando vi que soltó bruscamente la galleta que tenía en la mano— ¿De
verdad ella dijo eso? —Preguntó con voz estrangulada.
Asentí sin decir nada más, sintiendo
una punzada de culpa. Porque sabía que él haría algo en mi lugar, ya que nadie
tenía derecho a meterse con su amor por la comida, todos lo sabíamos. Incluso, mi tonta hermana, pero él no sabía
que había mentido y ella tampoco. Nunca se enterarían. En cierto modo, ella se
merecía un castigo por hacerme un fastidio mi fiestita.
Así que, hice caso omiso, cuando
vi que él se acercó disimuladamente y tiró una de sus coletas. Más aún, cuando
vi que ella dijo: — ¡Estúpido! —Esa nueva palabra adquirida que mis padres no
la dejaban usar—Esta me la vas a pagar.
Y, luego, cuando papá comenzó a
regañarla— ¡Gemma! ¿Qué acordamos con mamá?
Me subí a una de las banquetas
junto a la barra, observando a las camareras corretear de un lado a otro. Caroline,
la más joven y más bonita de todas, se acercó y me preguntó si quería algo. La
verdad era que no, pero no quería estar sentado con los demás. Todos los que
estaban festejando conmigo eran más amigos de mi hermana que míos y, además,
esperaba a alguien especial.
Así
que, cuando tocaron mi hombro, volteé esperando encontrarme con ese alguien.
Los ojos chocolate de una niña de cabellos largos, no mucho más grande que yo,
me miraron furiosos, dejándome en shock. No era ni con los ojos cerrados
parecida a quien esperaba, pero algo de ella la hacía más especial para mí.
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